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Reflexiones de una yayoflauta: “Vitamina C”

De siempre supe que además de la vacuna contra la gripe – porque me han clasificado como parte de la población más vulnerable a sus zarpazos – tenía que nadar en naranja durante mis inviernos.
No preciso pensamiento científico para atribuir beneficios a la presencia del “naranja” en mi vida. Lo noto, y ya está.
Mis amigas comenzaron el otoño un tanto atribuladas. No les sabía igual el cafelito de siempre. Al principio sólo hacían un comentario puntual.
Me preguntaban si había cambiado de marca de café, pero seguían atentas a la partida de cartas que nos reunía cada miércoles por la tarde.
He de confesarlo, yo no entendía las quejas. Nada había cambiado nuestras rutinas de jubiladas, pero una luz roja se encendió en el cristal de mis gafas.
Algo pasaba, aunque yo no lograba atisbar más allá del salón de mi casa.
Semana tras semana encontraban más amargo el café. Y más serias estaban sus caras.
Durante la primera nevada del invierno, cuando ya estaban muy jugosas las naranjas, la paz de los miércoles reventó por los aires.
Atropelladas, iban recitando, cual un guión para una obra de Antonio Gala.
La angustia tiñó de negro el tapete verde donde abandonaron las cartas.
Una tenía que acoger en su casa a un hijo parado con toda su familia.
Otra se iba a hacer cargo de la matrícula universitaria de una de sus nietas, y sufría porque no le llegaba para la otra.
La tercera, lloraba. Sólo lloraba.
Todas habían oído hablar de los ”recortes”. Todas pensaron que se trataba de los funcionarios. El gobierno había dicho que sobraban muchos y que trabajaban poco. Ninguna había pensado en sus pensiones, porque ya eran bajas y poca cosa…¡¡¡había tanto donde recortar, que se creyeron a salvo!!!
Por un instante tuve miedo del silencio que detuvo la tarde.
Me apresuré a romperlo. Las conocía, para eso son mis amigas…y sabía que podían enzarzarse con el tema tabú de nuestras meriendas: a quién votaste.
Les confesé algo que desconocían: a mi hija la habían mandado al paro. Y les expliqué, que ella formaba parte de “la marea naranja”.
Escucharon durante un buen rato con emoción, y preguntaron, preguntaron…
De la cocina llegaba el olor de café recién hecho. Mientras abrían la caja de pastas, iban haciendo planes para apoyar a las jóvenes valientes que luchaban en las calles y plazas de Granada.
.- ¡Qué rico está el café, María – me dijeron – hoy sí que te ha salido rico.
Sonreí.
Cuando se fueron, me senté a escribir el diario donde voy anotando las cosas importantes de mi vida.

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