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¿A qué hueles?

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Dentro de unos días tendremos nuevo huésped.

Es preciosa. Por sus ojillos deduzco que es muy inteligente (La he visto por Internet).

Negra del todo. Me la traerán por MRW porque viene del Norte. Está en una casa de acogida y hemos decidido criarla. Sólo tiene 3 meses, es cachorrilla.

Se llama Cáctus, pero estoy segura de que acabará teniendo más de un nombre, como me ha ocurrido a mí.

A Inés le encantará. Cuando yo tenía su edad, la edad de Inés, no tenía miedo alguno. Pero ya se sabe, a prendemos a tenerlos.

  • No tuve miedo a las regañinas de mi madre, cuando llegaba tarde a casa al salir del cole. ¿Quién podría resistirse? ¡Un temporal en el mar es todo un espectáculo que no hay que perderse! Y en el pueblo de mi infancia tenemos temporales para escoger.
  • No tuve miedo en las peleas de pandilla. ¡Una capitana no puede tener miedo! Aunque salga de la refriega con abolladuras y algún mechón de pelo entre las manos…
  • No tuve miedo a los animales, a ninguno. Hasta un día. El perro era enorme y, no sé por qué razón, vino cara a mí y me agredió. Aunque corrí todo lo que pude no evité que sus colmillos rasgasen mis pantalones de algodón y mi rodilla derecha.

Desde entonces conozco esa frase que muchos dicen: “Los perros huelen tu miedo. No dejes que te lo noten”.

Juro que aquél enorme animal no pudo oler lo que yo no tenía. Pero debe creerlo tanta gente que la frase ya está en el ADN social.

Los depredadores sociales lo saben y lo manejan para su beneficio.

  • Dan un zarpazo a la Ley de Dependencia y el paquidermo social apenas se levanta.
  •  Hincan los colmillos en la “asistencia a domicilio” y el veneno aísla y paraliza a las víctimas. Met
  • Sajan por el este, por el oeste, por el norte, por el sur, metiendo el cuchillo en las plantillas de los servidores públicos y el silencio mayoritario tapona las heridas por dónde se desangra los derechos.

Los responsables, de abajo arriba cuentan con la complicidad del miedo.

Inés juega en el salón. Esta semana me tocó ir a buscarla a su cole. Su madre asiste a una reunión de tutoría. El resto del tiempo busca trabajo. Sabe que vive en un país que no da trabajo a muchos miles de personas sin cualificación, pero tampoco se lo da a muchos miles sobradamente cualificados.

Es víctima de un zarpazo de las “bestia”, pero ella huele a cítrico, huele a fresco, huele a hierba, huele a rabia, huele a fuerza.

Mientras anoto mis pensamientos en el diario suena el timbre. ¿Serán mis amigas? Es miércoles, hoy tenían que traer las chapas. Inés aún no ha descubierto el miedo. A ella le encanta el olor de su madre.

Cuando entran en el salón, percibo lo bien que huelen mis amigas.

Ellas ya no tienen miedo.

María

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