La gota malaya

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“Es lo que hay”­ me dijo mi vecina, la del 2º A, para rematar la conversación que nos trajimos viniendo desde El Zaidín hasta casa.
Todo el rato despotricó. Me puso la cabeza como un bombo. Yo la comprendo. Está muy defraudada. Los suyos le han fallado.
Sí, le fallado el hombre que le prometió “amor eterno” y desde entonces se agarra a las frases hechas. Y fuera de ahí es difícil encontrarla. Le han fallado los políticos que le ofrecieron una sociedad “como dios manda”. Por fallarle, hasta los curas le fallaron.
Fíjate tú – me dice – hasta el Papa tiene que dimitir porque le chantajean con los papeles del espionaje”. Yo comprendo a mi vecina Isabel
Ella siente que ha ido de fracaso en fracaso hasta hoy mismo.
Cada vez que coincidimos en la escalera me dice eso de: “Con la que está cayendo” no sabe una por donde tirar. Y ahí se queda. Así que hoy me armé de valor, y mientras le colocaba una chapa en la solapa le dije: ¡Salta, Isabel, salta ya!
Me miró con ojos de no mirar nada.
Así que esta tarde la invité al cafelito de los miércoles para contarle la metáfora de la rana que no sabia que estaba cocida.
Pero no me dio tiempo. En tromba entraron mis amigas.
¡Estas sí que han colgado chapas! ¡Menudo gustillo le han cogido!
Ellas sí que han coleccionado de esas frases comunes que repetimos mil veces y que nos dan en la cabeza como si fuesen gotas malayas. (1)
Nos divertimos mucho cuando tomamos la decisión de embotellar todas las gotas malayas que encontrásemos, esas que lentamente, pero de forma persistente, se abren camino hasta el cerebro.
En una botella hemos ido metiendo los papelitos azules donde hemos escrito: “vivimos por encima de nuestras posibilidades”; “todos los políticos son iguales”; “los parados no trabajan porque no quieren”; “tenemos los políticos que nos merecemos”; “esto no revienta porque hay economía sumergida”; “el feminismo está trasnochado”; “para qué te molestas, si la gente no se mueve”: “hay que hacer ajustes porque no podemos pagar gastar más de lo que recaudamos”; “la ley de la Dependencia está muy bien pero no hay dinero para desarrollarla”.
Isabel nos mira atónita. No sé bien si es porque nos encuentra algo locas o porque con el café, nuestra amiga Sofía encendió su pipa. Al fondo se oye la risa de Inés.

Nuestro mundo común se llama amistad. Nuestra frase hecha es: “Sí se puede”.

(1).­ La gota malaya es un tipo de tortura que consiste en atar a alguien, inmovilizarle y que le vaya cayendo de manera ininterrumpida gota tras gota. Nada de chorros a presión, sólo de gota en gota, una detrás de otra, en interminable secuencia.

María

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