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REFLEXIONES DE UNA TRABAJADORA SOCIAL TRAS LA BARRA

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Tras la barra, si, puesto que yo soy una de esas profesionales que se prepararon con verdadera pasión y entusiasmo para ejercer la profesión del Trabajo Social, con la ilusión no sólo de dar cabida en este oficio a todas mis inquietudes sociales, sino también con la de poner mis capacidades y energía al servicio de una sociedad mejor, mas justa e igualitaria, con la idea de ofrecer un buen servicio a la sociedad. Y hoy día, me gano la vida tras la barra, poniendo copas y ofreciendo el servicio de cenas.
No hay trabajo degradante, lo importante es trabajar, sentirse útil, y tener la posibilidad de vivir con dignidad y una mediana autonomía. Pero si hay frustración, y si hay desperdicio, si no ya de talento, si de capacidades, habilidades y por qué no decirlo, de alegría, que también es muy útil.
A lo largo de mi corta y accidentada trayectoria laboral he tenido la oportunidad de trabajar en proyectos y ámbitos sociales apasionantes, es los que invertir toda mí fuerza y preparación, pero no nos engañemos, tanto el dinero destinado a las políticas sociales, como, sobre todo, el propio diseño de las mismas, ha sido tan catastrófico, que resulta muy difícil pensar que tanta ineptitud fuera inocente.
Hablo de políticas planteadas, más desde criterios políticos y electoralistas, que desde criterios técnicos bien meditados. En medio de este panorama es entendible, no sólo que difícilmente se alcanzarán los objetivos planteados, sino que también,

gran parte de las profesionales que nos dirigíamos a hacer de su buen funcionamiento y eficacia la razón de nuestro quehacer diario, nos hayamos visto condenadas al nomadismo, a la temporalidad laboral en proyectos planteados desde el cortoplacismo y la estrechez de miras, y en numerosas ocasiones a la renuncia de nuestros criterios técnicos en aras del mantenimiento de la “maquinaria de lo social” cual mercenarias de la profesión.

Por todo esto considero que se hace necesario abrir un nuevo debate profesional, entre nosotras que tanto hemos teorizado sobre la marginalidad, la exclusión social o las fracturas familiares y educativas, tendremos que añadir al análisis, la fractura profesional, el resquebrajamiento moral de aquellas personas que nos preparamos académica y personalmente para llevar a cabo con diligencia el trabajo de mejorar nuestra sociedad. Trabajo que desde las instancias gubernamentales se ha pasado de usar como moneda de cambio a considerar totalmente prescindible, y personas a las que ni el sistema privado ni el sistema público de servicios sociales nos ofreció nunca un espacio.

Paz

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