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DESDE EL RETROVISOR SIN DEJAR DE MIRAR PA´LANTE

retrovisor

Recordando hacia atrás, con imágenes de blanco y negro, reflejos que serían de sepia si no pertenecieran al pasado obscuro de una España con tintes rojo azabache.
Porque el pasado de España, cuando aparece en el recuerdo, discurre como una película en blanco y negro, el gris propio de lo mediocre, un gris sin sobresaltos ni alegrías, el gris de la monotonía, pero como un rayo que rompe el tedio de la contemplación, surge una instantánea en rojo azabache, esos momentos donde la supervivencia necesita de una carga emocional que de sentido a una vida arrastrada, surge el rojo de la solidaridad, acompañada del negro azabache de la ira por necesitarla.
Bueno, disculpar toda esta cursilería, solo quería relataros una historia, una historia de solidaridad, y dependencia de la solidaridad, la historia de un país donde la dependencia de ancianos, enfermos, personas sin trabajo, (entonces no había parados) dependía de la caridad de sus vecinos, (entonces no se hablaba de solidaridad, esa palabra era propia de los rojos.)
Y que mejor lugar para hablar de solidaridad en Granada, que ubicarnos en la Casa de la Lona, una corrala del siglo XVI, creo, fue llamada así porque en ella se construían las lonas para los barcos, ubicada en el bajo Albaycin.
Pues bien es la Casa de la Lona tuve la suerte de nacer, digo suerte, no porque fuera un lugar paradisiaco, sino porque este lugar me inculcó el sentimiento de solidaridad y unos principios de siempre ayudar al más necesitado.
Vale, dejo las añoranzas y de ponerme ñoño y voy a la historia.
La Casa de la Lona albergaba unos vecino de clase baja, donde comienzan mis recuerdos, los años 50, la clase baja estaba compuesta por personas con muy pocos recursos económicos, entre ellas algunas sin ningún ingreso, sobre todo los ancianos y enfermos, (por aquellos tiempos eran muchos)
Esta corrala pertenecía a un tal Don Fermín, personaje que nadie conocía, siempre se encargaba de cobrar el alquiler una persona de su oficina, lo que no recuerdo es que nadie se retrasara en los pagos del alquiler, ni recuerdo a nadie que le debiera dinero a alguien, las deudas entraban en el principio del honor, y para otros en el temor de una justicia muy estricta en las deudas de los pobres.
De la solidaridad se encargaba la casera, una mujer de alta estatura, muy delgada, pero con unas innegables dotes de mando, conocía lo que pasaba en todas las casas mejor que lo que pasaba en la suya, aunque esto le servía de base para chismorreos, también le servía para conocer las necesidades de todos los vecinos, y cuando notaba que alguno no tenía para comer se pasaba por todas las viviendas pidiendo algo sobrante para el necesitado, salía con una botella de aceite vacía, vecino a vecino se la llenaba, cuando acababa tenía dos cestos llenos de víveres que iba repartiendo entre los más necesitados, incluida ella que también estaba necesitada.
Ahí no paraba la solidaridad de esta mujer, también se había declarado inspectora de sanidad, como vivía en la última vivienda, a la salida, todos teníamos que pasar por su puerta, pues cuando se le antojaba, se plantaba en la puerta con una tina de zinc llena de agua, su estropajo hecho de soga que no te limpiaba, te lijaba, y que a nadie se le ocurriera salir con la cara o las manos sucias, te metía la cabeza en la tina, y ála, te sacaba de la cara los churretes y la piel.
Recuerdo un anciano que el hombre no se lavaba mucho, pues un día lo saco casi a rastras, lo desnudó completamente y lo metió en la tina, con el revuelo que armó intentando meterlo y el hombre intentando escapar, se mojó ella más que el anciano, fue una escena dantesca, el hombre completamente desnudo, con una mano intentando taparse, con la otra intentando huir, la casera toda mojada, la falda blanca se convirtió en transparente, señalándosele unas patillas de alambre, y una braga que aquel día se le había ocurrido ponérselas de color negro.
Aparte de lo anecdótico, que nos haga sonreír, queda una inquietud, la vuelta a aquellos tiempos, donde la dependencia de mayores, enfermos y necesitados dependa de la caridad de sus vecinos, muy triste para personas que hemos trabajado mucho, pagado muchos impuestos para sostener unos derechos, que al final nos encontramos con que nuestros gobernantes los han robado, y encontrarnos con la impotencia que son los mismos que nos siguen gobernando y robando.

 

Manuel Fernández Martín

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