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Neoliberalismo y Servicios Sociales: un binomio imposible

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Me resulta cuanto menos indecente que los partidos políticos, unos y otros, que han detentado el poder en nuestro país, tengan la desfachatez de hablar de Estado de Bienestar. ¿Desde cuándo el Estado de Bienestar es compatible con el libre mercado, con el neoliberalismo? Si en algún momento he hecho alusión, en este mismo espacio, a la desobediencia civil, siguiendo el ejemplo de la población de Islandia, población que se tiró a la calle para pedir la dimisión de su gobierno, toda vez que declaró la bancarrota de sus bancos (a los que por fortuna no rescató, no porque no quisiera, sino porque no podía).

Ahora es el momento de hablar de España y de analizar el estado de la cuestión, en un país indignado que no encuentra salida, a pesar de su rebeldía. Y es que esta crisis, que no es económica, sino política, está orquestada por élites financieras que para sanear sus arcas a costa de la clase trabajadora, a costa de los/as ciudadanos/as, apela al rescate de sus bancos, flexibiliza el mercado y aligera los salarios. Y esto ocurre porque vivimos en una falsa democracia. Una democracia que creemos conquistada por el simple hecho de poder ejercer el sufragio. Y eso no es democracia. Tenemos una constitución que amparándose en su “elasticidad” no puede o no quiere ser cambiada por los políticos que nos gobiernan. Qué ironía, ¿no? La realidad es que desde la época de Franco el poder económico ha residido en una rancia oligarquía a la que se van sumando, ocupando sillones en los consejos de administración de las grandes empresas (ya privatizadas), presidentes, ministros, diputados, etc. que engrosan sus cuentas corrientes con la excusa de la experiencia y el sacrificio por los años de servicio. Desde el inicio de la democracia cientos de empresas se han privatizado, empresas que legitimarían a cualquier estado para ejercer un poder económico fáctico y que por desgracia ya no tenemos. Los profesionales del Trabajo Social, a tenor de esta desbordada moda de la privatización de los incipientes servicios sociales que disfrazaban a esta “democracia”, de social-democracia, estamos perdiendo nuestra esencia, nuestra razón de ser. Gestionar, tramitar, denegar, asignar y un largo etcétera, no es hacer Trabajo Social. De hecho, se hace casi imposible llevar adelante una tarea digna, cuando la que se nos encomienda es repartir miseria, gestionar los recortes. Si los profesionales de la salud en la comunidad de Madrid han sido capaces de frenar la privatización de la gestión (gestión externalizada, la llaman) de los servicios sanitarios, no parece del todo imposible conseguir un proceso inverso en el caso de los Servicios Sociales. Sin embargo, no debiéramos conformarnos con volver atrás, no. Nuestra situación ya venía “viciada” de antes. Creo que nos correspondería hacer una revisión exhaustiva de nuestras tareas, contemplando, como prioritario, más y mejor apoyo administrativo. Porque si un profesional del Trabajo Social debe dedicar excesivo tiempo a la burocracia y a la gestión, declinará llevar a cabo otras actividades que le son propias. Debemos y podemos reivindicar el trabajo social con grupos, la participación y la dinamización social y una larga lista de competencias que caen en el olvido cuando se entra en este disfrazado sistema.

Blanca Girela

 

 

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