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DAÑOS COLATERALES

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En el salón malva de mi casa el olor a café recién hecho no consigue animar nuestra tarde.

Las conversaciones se ralentizan de tal forma que el ensimismamiento se adueña de nosotras. Apenas nos quedan palabras para romper el silencio denso y negro.

Joaquín (Quinito) el nieto de Sofía se ha ido. No aguantó más y se ha ido.

No, no se fue fuera por “movilidad laboral” – gobierno dixit.

45 años, 2 hijos, 3 años buscando trabajo. Parado de larga duración.

No aguantó más y se ha ido. En silencio, un atardecer, en silencio nos abandonó al morir el día.

No aguantó más. En su nota nos decía que no podía soportar tanta mentira.

Mentiras blindadas desde las pantallas frías. Bustos parlantes mentirosos. Mentiras falseando la realidad.

Quinito no tuvo fuerza para rebelarse, para revolverse y morder. Antes de la locura eligió huir. En silencio.

Ese silencio que ahora se pega a nuestra piel, a nuestro cerebro, hasta paralizarnos porque el dolor nos sustrae la rabia.

Es un error contraponer silencio al horror del “griterío oficial”, ese tóxico griterío que mortifica a quienes ven cerradas todas las puertas.

Es un error transitar por los días sin trabajo, en solitario.

Los “gritadores oficiales” ejecutan sus políticas a sabiendas de que se producirán daños. Daños centrales y daños colaterales. Eso no les inquieta, no les conmueve. Los ejecutan con la frialdad de quienes se saben cumpliendo un plan que salvará la riqueza de los de su clase social.

¿Daños colaterales?. En todas las guerras se producen…

Eufemísticamente la denominan crisis, pero es la vieja lucha de clases, y deja víctimas como lo cuentan los historiadores y lo vemos a diario.

Los más débiles solo podremos hacerles frente uniéndonos, agrupándonos, fortaleciéndonos con los iguales. Y aprendiendo que el silencio nos daña, nos mata.

Quinito no tuvo fuerza para revolverse, para gritar, pero nosotras las sacaremos de lo más profundo del alma para gritar por él, aunque se haya ido, porque los “asesinos sociales “no tienen derecho a dormir tranquilos.

Mis amigas y yo nos abrazamos, y sellamos el pacto de no permitirnos el silencio.

El salón malva recupera nuestras voces para planificar nuestras acciones: allá donde vayamos no dejaremos de estar atentas, para sumar, porque hacemos falta todas.

María