LA CIUDAD NEOLIBERAL

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Los diferentes modelos de ciudades que existen en España se han construido en un devenir de más de dos milenios, con la constitución de una serie de prototipos urbanos muy bien definidos. La Revolución Industrial actúo desde mediados del siglo XIX sobre estas ciudades. Se derriban murallas, se instalan zonas fabriles, llega el ferrocarril y surgen barrios burgueses y obreros, separados físicamente. Sin embargo, pese al impacto que supone la industrialización, los centros históricos tradicionales siguieron más o menos intactos, mejorados por las nuevas normas higiénicas y urbanísticas. Estos centros conservaron su personalidad, caracterizada por una función residencial y comercial, donde se plasmaba la vida social de sus habitantes, como espacio donde se reconocían como parte de una colectividad.

Esta dinámica se mantuvo prácticamente viva hasta la década de 1960. Llegó incluso a superar las destrucciones de la Guerra Civil, lo que da idea de su vitalidad. Sin embargo, a partir de aquellos años de “Beatlemanía” e irrupción de la minifalda esa estabilidad se rompió, cuando en aras de un falso desarrollismo, los centros históricos de una parte importante de nuestras ciudades comienzan a sufrir un sistemático proceso de destrucción y despoblación, cuyo eje era la especulación urbanística, que convierte estos espacios en una serie de islas de calles comerciales separadas por un océano de solares. La llegada de la democracia no para este fenómeno, sino que lo acentúa, al liberalizar el suelo y comenzar a poner fin a las rentas antiguas. Con ello los centros históricos quedan en poder de pocas manos, aquellas bien posicionadas y avispadas, con relaciones y conocimiento de lo que se estaba cociendo.

Al principio, el ciudadano no percibió el cambio porque fue invisible, cosa de despachos. Pero a partir de los años finales del siglo XX detecta que el comercio tradicional va desapareciendo. Negocios familiares de más de un siglo, “de toda la vida” como dirían los castizos, son sustituidos por establecimientos normalmente (aunque no siempre) con nombre inglés y vivos colores, signo de la globalización y del mundo interconectado, una nueva modernidad, quizás tan banal como la anterior, pero mucho más peligrosa. Dos son las banderas de este nuevo desembarco, el comercio low cost, asentado sobre la miseria de millones de trabajadores explotados en Asia, y las tiendas de lujo, que pretenden llenar de un glamour de lentejuelas las vías emblemáticas de cualquier ciudad que se precie.

La expulsión de los arrendatarios locales, incapaces de pagar las elevadas rentas que los propietarios exigen ahora, son sustituidos por las multinacionales de la globalización. Las autoridades municipales aplauden estos cambios, porque supone una imagen mediática que atrae turistas a la ciudad, genera ingresos para las arcas locales y permite que los ediles se hagan la foto para subir a las redes sociales con un Me gusta. El centro histórico, la esencia de cualquier ciudad, se pone al servicio del mejor postor, que, aunque pierda dinero con su establecimiento, quiere estar ahí, en el corazón, en el alma de una colectividad a la que no pertenece. El dinero no les importa en este caso, sino el poder, que se nutre de símbolos. Parafraseando a aquel asesor de Bill Clinton: “Es el neoliberalismo… idiotas”.

Eduardo García Alfonso

imagen; http://www.uchile.cl/agenda/80823/seminario-taller-ciudad-neoliberal