SOLIDARIDAD Y RESILIENCIA: PUENTES UNIVERSALES DE HUMANIDAD Y SUPERACIÓN

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Las catástrofes naturales que devastan pueblos, ciudades, países, como el recientemente ocurrido en Nepal, pone de manifiesto que la solidaridad constituye un valor humano de la más universal esencia, un puente que une corazones y que no concibe fronteras.

Estas tragedias humanas, ponen el acento en los rostros, el dolor, y estelas de sufrimiento que no entiende de culturas, razas, creencias, ideologías, partidos, clases sociales, estatus o réditos sociales.

En estos contextos cuando la adversidad sobreviene de forma inesperada y violenta y el mundo despierta por los latidos de la tierra, es cuando mareas de manos solidarias y capacidad resiliente se acompañan, aflorando con mayor intensidad.

Este binomio solidaridad-resiliencia es la respuesta que permite que los países azotados y sacudidos por acontecimientos extremos y tremendos que escapan del control y comprensión humana, desde la ruinas de los cimientos de sus hogares arrasados y con lágrimas todavía visibles en las mejillas de un pueblo castigado por el horror, se reconstruyan, se recuperen y se fortalezcan.

La capacidad de resistir los golpes y la educación en valores solidarios constituyen herramientas básicas y necesarias para resurgir de la tragedia, pero además, son la quintaesencia de la pureza que nos hace humanos en el espejo de un mundo que, en no pocas ocasiones alimenta la autodestrucción.

Frente a siniestros de tales magnitudes, esta medicina humanitaria y los pequeños gestos de profunda bondad y enorme generosidad, que no responden a obligaciones morales, se expanden y viajan por todos los rincones del planeta.

Es necesario que el entrenamiento y la construcción de actitudes y enfoques resilientes formen parte de la política de recuperación y de la doctrina, así como de la práctica del trabajo de los profesionales especializados en emergencias, sin perder de vista la suma de redes y sinergias solidarias.

Hoy anochece en Katmandú, puerta del Himalaya y tierra de dioses rodeado de bellas montañas, con olor a desgracia y con grietas que asoman en la superficie desfigurando el paisaje humano y cultural de un pueblo, del que ya apenas queda rastro.

Ayer acontecieron en otros lugares, en forma de terremoto, tsunamis, tornados o huracanes, con otros sonidos, otros aromas y otros rostros dolientes.

Pero cada mañana, despiertan al alba, labrando sus días a fuerza de esperanzas y mirando hacia adelante, arropados bajo las nubes de sus cumbres nevadas, y un futuro que les permita recobrar el aliento acelerado hacia su recuperación y resurgimiento.

En este techo de las nubes, con la visión budista de lo efímero:

“Así pensarás de este mundo fugaz,

una estrella al alba,

una burbuja en una corriente,

un relámpago en una nube de verano,

una luz parpadeante,

un fantasma

y un sueño”

…Que los miles de sueños rotos, corazones apuntalados y lágrimas inocentes derramadas, no machaquen el germen de las ilusiones ni caigan en el olvido del tiempo.

Namasté , mi tantas veces soñada y añorada Nepal.

Ana Torrado Botana