“La hostia del caloret”

 ¡¡¡ Qué hostia, qué hostia !!!

Esa expresión de Rita Barberá, emitida la noche electoral del 24 M, abrazada a su colega de partido y delegado del gobierno central en Valencia – hoy imputado – refleja tan sólo una faceta de los cambios que en varios ayuntamientos de todo el territorio nacional se van a sustanciar, debido a los resultados que los votos de la ciudadanía han producido.

La visión genérica, en términos de género, para analizar los fenómenos de Valencia, Barcelona y Madrid, no es muy útil. 
Mujeres, son también Esperanza Aguirre, Rita Barberá, Teofila Martínez…que representan a un porcentaje, nada despreciable, de nuestra sociedad.

Siendo tremendamente atractivas las biografías de Ada Colau, Manuela Carmena, Mónica Oltra, y algunas más, que no tienen tanta repercusión mediática, quienes creemos en la fuerza de las implicaciones colectivas para transformar a la sociedad, no podemos perder de vista a los miles de activistas, masculinos y femeninos, que han participado en las mareas de todos los colores y que con su efecto han dejado en la playa de varios gobiernos municipales y autonómicos a mujeres comprometidas que asumieron trabajar y poner rostro a sus reivindicaciones : Los/as Trabajadoras Sociales, el sector sanitario , el sector de la enseñanza pública, y en general ,los de empleados de Servicios Públicos que habían sido degradados con recortes de plantillas y presupuestos. También cientos de núcleos rebeldes: Gamonal, Coca Cola, Telemadrid, etc…
La crisis económica que estalló el 15 de septiembre de 2008, el día en que Lehman Brothers quebró después de operar en el mercado financiero desde 1.850, marcó la fecha inicial para una profunda transformación en el mundo occidental. La crisis financiera se desenvolvió con una feracidad de rostros y mutaciones que la ha hecho poliédrica, cristalizando, según los países, en procesos críticos muy diferentes. 
En el caso de España, la negativa política a asumir la certeza de la crisis hasta que ya había avanzado irreversiblemente durante el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero (2.008 – 2.011) y la renuencia a realizar reformas de carácter político, bajo el mandato del ejecutivo de Mariano Rajoy (2.011–2.015)

Han constituido actitudes de evitación o diferimiento que han generado el caldo de cultivo para la conformación de una crisis político-institucional de fenomenales dimensiones.  

En ella se encuentra enclaustrada la sociedad española.

La recesión de nuestra economía, las medidas de ajuste que han modificado sensiblemente las expectativas de prestaciones y seguridades que ofrecía el estado de Bienestar, han ido cincelando una nueva sociedad, una colectividad que ha mutado aceleradamente.
La crisis económica ha pasado a ser, así, una crisis del Estado, y por lo tanto sistémica.
Y ha producido el llamado efecto bajamar: se retira la marea, quedan sobre la arena mojada los restos del naufragio.
Algunos restos cuyo único destino será la trituradora o el basurero. Muchos de ellos con nombre de mujer.

Al producirse el desplome de las clases medias que, por efecto de la crisis, han visto volatilizarse sus expectativas vitales, se produjo, con la decepción colectiva una convulsión de valores.
Si bien muchas de nosotras, activas con las mareas naranja, verde, blanca, etc…asistíamos atónitas al decepcionante proceso de que políticos imputados por corrupción siguiesen cosechando apoyos electorales que les permitían seguir gobernando ayuntamientos y comunidades, una parte de la sociedad, que tiñeron de colores calles y plazas de nuestro país, se dio cuenta de que era imprescindible ir a la unidad de las plataformas sociales, buscar puntos programáticos comunes y personas que liderasen esa fuerza. 

Allá donde se logró ese objetivo, se consiguió que algunas históricas tuviesen que pasar a la oposición. 
Y en camino estamos para que otras mujeres, comprometidas con la reducción sensible de la enorme desigualdad a la que las políticas económicas actuales nos han llevado, tengan en sus manos los gobiernos que les hemos dado.

Y digo gobiernos. Porque tener un gobierno no es sinónimo de tener poder. Lo estamos viendo ya, con los ataques que Carmena, Oltra y Colau están recibiendo, incluso antes de asumir el mandato salido de las urnas.

Quienes atacan, a quienes tienen como objetivo reducir la brecha de la desigualdad, sí que son un peligro para la democracia. 

La clase media es la clase del desencanto y la indignación, porque su futuro se presenta oscuro, lo que supone, en palabras de Thomas Piketty – autor de una obra de referencia sobre las desigualdades provocadas por la crisis – “todo un riesgo y una amenaza para la democracia porque el ascenso de la clase media ha sido el cambio más importante en la distribución de la renta en las últimas décadas”.

En España, su progresiva expansión – encuadrable en función de determinados niveles de renta, de formación y cualificación profesional, y protección de determinados valores sociales como los de estabilidad, orden, libertad, seguridad y moderación – ha sido el eslabón que ha engarzado a la ciudadanía con los estamentos dirigentes en un pacto tácito vigente durante décadas. 
Hasta que la clase media se ha sentido traicionada por la deslealtad de aquellos – corrupción, egoísmo social, ineficacia gestora, avaricia dineraria – y se ha convertido en una instancia social disruptiva.

Es un momento de un estado político de provisionalidad.
La valoración que finalmente se lleve a cabo de lo sucedido en estos últimos años tomará como inevitable referencia  los resultados obtenidos, los logros alcanzados. 
Y como resulte que a lo que terminamos asistiendo al final de este ruidoso proceso sea a un relevo más -obligado por la biología- en el seno de las élites o a un cambio de personas meramente cosmético (aunque las diferencias en el look puedan ser muy aparatosas) el cual, tras una estruendosa pirotecnia retórica, no impugne en lo más mínimo el orden existente, no habrá otro remedio que concluir que habríamos hecho un pan con unas tortas, limitándonos a aceptar que unos rostros nuevos ocuparan los lugares de siempre.
Una semana después de las elecciones, habrá quien piense que éste o aquel resultado electoral ha dado la razón a ciertas formaciones, haciendo buenas sus propuestas y que, por tanto, no procede el menor pesimismo. Sin embargo, me parecería una afirmación de todo punto inadecuada. El voto a quien nunca ha gobernado no puede ser, por definición, la sanción de nada (puesto que nada ha habido), sino la expresión de una confianza o de una ilusión.
De momento, lo único que se puede afirmar es que en un determinado sentido el escenario ha cambiado. Conforme pasen las semanas, los únicos juicios hasta ahora posibles en relación a determinadas fuerzas, los juicios de intenciones, mutarán en valoración concreta de lo que vayan haciendo. Habremos pasado del sí se puede al qué se puede.
Del exigir responsabilidad (a otros) a hacerse responsables (de las propias acciones).

En definitiva: habrá llegado la hora de la verdad. Y la de la mentira, por supuesto.

 La poco presentable Ana Palacios, ex ministra de Exteriores en el gobierno de Aznar, que se prestó dócilmente a realizar un itinerario por las embajadas extranjeras para desmentir que el atentado de Atocha fuese obra de los yihadistas y convencerles de que había sido ETA, hace unos días, en un foro sobre economía, celebrado en Sitges, reflejó, no sólo su falta de preparación intelectual, sino también el temor que tienen a la democracia cuando los resultados les son adversos. 

Así titula un periódico su intervención:

Ana Palacio cree que el éxito de Podemos y Ada Colau es fruto de la “nostalgia por el Califato Islámico”.

Quienes hemos sido activos/as contra el modelo que quebró el Pacto Social, abriendo la brecha profunda de la desigualdad en nuestra sociedad, seguiremos en la misma lucha. Apoyaremos a las mujeres y hombres que utilicen a las instituciones del Estado para la procura de la reducción de la desigualdad, pero no daremos por ganada ninguna batalla, como dice la imagen que encabeza este artículo, somos necesarias/os. Imprescindibles.

       T. A. A.