Ecología Social: Influir para confluir

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El concepto de Ecología no es un término desconocido para el tercer sector y menos para el trabajo social en todas y cada una de sus dimensiones. De hecho el término ecología y el término social llevan décadas intentando encontrarse y, finalmente ha sido esta crisis, la que ha hecho emerger la necesidad de incorporar a las políticas sociales el término ecológico.

Se sabía en la cumbre del 2007 en Bali, tras la de Kioto, que el deterioro de nuestro planeta, consecuencia directa de la mano del ser humano, traería consecuencias. Y así ha sido, desde que se sentaran los mandatarios de los países para no llegar a ningún acuerdo, una de las consecuencias del cambio climático ha sido el aumento descontrolado de los flujos migratorios a nivel mundial tanto de seres humanos como de especies que huyen de la devastación forestal y la desaparición de hábitat humano y animal. Se sabía que millones de personas emigrarían de sus países, ante la escasez de recursos naturales que garantizaran la subsistencia, no sólo alimentaria sino también cultural. No es una casualidad ver barcos enteros con cientos de miles de personas intentando abandonar el continente africano exponiendo sus vidas y dejando atrás a sus familias, para intentar alcanzar las costas del deseado continente europeo: una crisis humanitaria sin precedentes. La dramática situación de los ecosistemas naturales está directamente asociada a graves problemas sociales y no querer afrontarlo es estar sometido a los sistemas que controlan y forman parte del problema y no de las soluciones. Ya sabemos que el G8 no acabará con la pobreza ni con el hambre. Sabemos que la reunión del Club Bilderberg no está preocupada por los 900 muertos en las costas italianas sino en cómo evitar que puedan entrar en éstas.

En este sentido, la comunidad del tercer sector debe reconocer de una vez que la pobreza es un problema ambiental de primer orden, se criminaliza a los pobres y se les echa la culpa de su situación para no reconocer que son precisamente éstos quienes sufren el deterioro socio-ambiental de primera mano. No es casualidad que desde que un sector de la población rompiera el pacto de convivencia de forma unilateral, otro sector de la población, el mayoritario sufra las consecuencias aumentándose la brecha entre unos y otros hasta tal límite que aumentan los ricos y también aumentan los pobres. Un paradigma que ha pasado inadvertido por parte de nuestra profesión y sus dirigentes más interesados en cumplir las expectativas de otros que analizar la realidad e intervenir para cambiarla.

Ante el nuevo paradigma social nuestra profesión debe dar respuesta y comenzar a establecer estrategias de desarrollo que contemplen la no destrucción o el agotamiento de los recursos naturales a la hora de mejorar las condiciones de vida de la gente. Cualquier plan de desarrollo ambiental, rural, debe conllevar el desarrollo humano, y viceversa.

La ecología social es una alternativa a los actuales programas o planes de desarrollo que se elaboran en cualquier ámbito, sea local, supralocal, autonómico o estatal. Administrar lo ambiental será clave para un desarrollo sostenible. La ecología social exige el reconocimiento de las dimensiones sociales del manejo de esos recursos, no sólo en cómo son afectadas las personas, sino también por una valorización de sus conocimientos. Surge la figura de ecólogo o ecóloga social un agente del cambio que trabaja desde una perspectiva diferente con muchos más recursos a su alcance dado que su trabajo depende de la inteligencia colectiva, del conocimiento compartido por la comunidad dónde proyectará sus acciones a través de metodologías interactivas. Esta nueva figura debe ser tratada y cuestionada por la comunidad del tercer sector ya que andamos en tierras revueltas, mirándonos el ombligo desde hace muchos años y se requieren personas valientes que asuman los cambios que hay que hacer en nuestra profesión de profesiones como retos y no como amenazas.

El nuevo contexto social requiere que los profesionales del tercer sector estemos involucrados en los cambios. Se están abriendo nuevos escenarios de intervención social y no podemos quedarnos al margen de que nuestra participación sea determinante, si seguimos mirando hacia otro lado ante los problemas de la gente, estamos abocados a ser sustituidos por otras figuras menos molestas para el sistema.

El trabajo social no puede quedarse inmóvil ante los cambios que se van a producir, debe anticiparse a los mismos, ejercer el papel que le corresponde dentro de la jerarquía profesional y abanderar que los cambios. El actual modelo de bienestar social fraguado en la transición se ha roto; la malla de seguridad que debía sostener el estado de bienestar social estaba muy deteriorada antes del crack del 2007, fruto de no haber querido intervenir en los problemas, como si lo técnico estuviera reñido con lo político, en definitiva un agente del cambio social define qué políticas sociales se deben aplicar y elabora el diagnostico social de la realidad de un ecosistema, puede ser un pueblo de 20 habitantes como una gran capital con más de 6 millones de personas. Sino incorporamos el factor ecológico en nuestra tarea de diagnosticadores sociales estamos abocadas a ser absorbidas por el sistema que pretendemos cambiar. La imagen que proyecta nuestra profesión está muy deteriorada, tal es el hecho, que ni siquiera estamos en la agenda política actual. Nuestra profesión ha sido manipulada hasta tal extremo que en la actualidad somos quienes ejercemos el control social de la pobreza.

Seguramente, el Congreso de Trabajo Social celebrado en Marbella, supuso una brecha entre quienes pretenden seguir siendo invisibles y sirviendo a los intereses de los poderosos en el control social de la pobreza y quienes hemos decidido intervenir para liderar los cambios. Ser determinantes, necesarias, que no imprescindibles, en la refundación del Estado Social.

Esperanza Meléndez Marfil

Estudiante de Grado de Trabajo Social