INSTINTO BASICO

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“Trato de rescatar las piezas de reflexión que me ayudan a ampliar mis conocimientos y a no perder la calma. Necesito, como muchos de nosotros, conocer todos los rincones en donde anida la verdad.”

 La Naturaleza imprime a los seres vivos unas leyes propias, que se han visto modificadas a lo largo de millones de años de existencia del planeta “azul” desde el que escribimos y leemos. Este hecho, leer y escribir, sobre el que apenas nos detenemos un segundo a pensar, es el resultado de millones de años de evolución.

En millones de años de evolución, la especie a la cual pertenecemos ha modificado el habitat, desviando cauces de ríos, perforando simas, contaminando la capa atmosférica.

Ha  roto así mismo,  muchas leyes naturales.

Sólo los anfibios habitaban las aguas y las tierras, pero ahora lo hacemos también los humanos.

Sólo volaban las aves, y nosotros surcamos los cielos para trasladarnos.

La especie humana ha construido leyes sociales que vinieron a romper instintos naturales, algunos de los cuales conservan aún algunas especies animales que cohabitan la Tierra.

Aunque se mantenga en tribus residuales, las sociedades humanas han descartado el incesto como práctica aceptable..

La paidofilia. Se practica de forma encubierta, pero se penaliza en la mayor parte de las sociedades contemporáneas. En otros países, se le da cobertura legal, al casar a niñas menores con hombres de cualquier edad.

Algunas sociedades han penalizado la poligamia, aunque se mantiene en  determinadas culturas en las que quienes tienen economía para mantener a 2 ó a 30 mujeres, lo hacen. Y no la cuestionamos si quienes la practican veranean en Marbella.

Pero hay una ley de hierro de la naturaleza que merece especial atención: el instinto básico de conservación que cada una de las especies posee.

Ningún animal se autoinmola.

El instinto de conservación es un instinto básico para la perpetuación de las especies. El más fuerte.

La especie humana ha roto ya ese instinto básico de supervivencia.

La relación humana con la vida y la muerte, no es únicamente un hecho natural. Es una construcción social.

Las cifras anuales de suicidios  en nuestras sociedades occidentales no suelen publicarse porque ponen en cuestión el relato oficial, gobierne quien gobierne, y sea en un país del norte o del sur.

El suicidio, aunque no es un fenómeno marginal, es un fenómeno circunscrito, al menos en nuestra percepción, al ámbito individual.

Pretendemos buscar una respuesta, una explicación, a la ruptura de esa ley de conservación de las especies. Y lo asociamos al trastorno mental.

¿Y si son homicidios?

No solemos comprender que alguien, armado, se lleve por delante a 15, 20 ó más congéneres. Si ocurre en Alabama, en Ohio, o en Oklahoma, nos quedamos horrorizados y no entendemos que los gobernantes de ese país sean incapaces de reducir la tenencia de armas.

Entendemos peor aún el fenómeno de la inmolación.

La inmolación protagonizada por un joven destroza mucho más que 20, 50, 100, 1.000 vidas. Destroza vidas y convicciones. Genera horror y miedo.

Porque resume los dos anteriores. La autoinmolación contiene suicidio para matar.

Con mucho desconcierto, solemos dar respuestas binarias: buenos /malos.

Una pobre respuesta para analizar un mundo tan complejo como el que habitamos.

No podemos obviar que estamos en una “aldea global” y que el “efecto mariposa” es como una corriente que fluye de este a oeste, de sur a norte y en cualquier otra dirección.

Olvidamos que una acción ocurrida en Mali puede tener efectos en Sevilla.  Y que una omisión en Palestina puede tener efectos en Madrid.

La unanimidad con la que se afirma que los atentados de París constituyen un ataque que afecta solo a los valores europeos es inquietante.

Simplemente, porque silencia las secuelas globales del terrorismo sobre el principio universal de convivencia.

Cuando un terrorista se hace explotar en París, en Beirut o en Bagdad, masacrando a centenares de inocentes, la propaganda de su acto criminal desestabiliza el equilibrio existencial de la población en Rabat, Dakar y Jacarta; pero también en Bogotá, Sidney y Madrid. Los tentáculos de la barbarie son despreciables porque afectan a toda la Humanidad.

El terrorismo es profundamente alérgico al único modo de vida que ha demostrado su viabilidad universal, asumiendo al individuo y a las sociedades en su derecho a la responsabilidad, a la libertad de elección y a la diferencia, siempre en el marco de unos Estados abiertos, seguros, convergentes y maduros.

El terror odia la democracia, esté donde esté. La quiere destruir, desintegrando sus valores e instituciones. Sus adeptos no tienen otra nacionalidad que un pensamiento encogido, nacido del miedo, para avivar el pánico del Otro y multiplicar sus angustias.

Lo peor es que sus actos hacen eco de otros fines ideológicos, tan fundamentalistas como ellos, cuyo discurso catastrofista, arroja a las sociedades democráticas en el desconcierto y la desunión.

El objetivo del terrorismo es, precisamente, sembrar la discordia para arrugar el alma de los pueblos. Y esto es lo que debemos evitar, cueste lo que cueste.

¿Cómo gestionar nuestros miedos?

Tenemos abundancia de miedos.

Unos sobradamente justificados y otros inducidos.

Inducidos

Nunca en la Hª de la Humanidad ha habido tantas personas mayores de 65 años. Según Naciones Unidas a mediados de este siglo habrá 400 millones de seres humanos de más de 80 años.

Y sin embargo no nos permiten celebrar el avance humano, el avance en higiene, salud, prevención, que ha permitido que por 1ª vez un gran % de personas alcancen la longevidad.

Cristine Lagarde, actual directora gerente del Fondo Monetario Internacional, presenta la longevidad como una amenaza para la estabilidad financiera. Pensamiento único.

Cualquier sistema de organización social es modificable, eso es obvio, por eso estamos donde estamos y no en la Edad media aún.

Pero el mensaje, repetido por muchas más bocas, incluso las nuestras, cala en el inconsciente colectivo y genera incertidumbre y angustia, miedo inducido. Miedo a que no se pueda disponer de una pensión digna a futuro.

Justificados

.- Los accidentes de circulación son, estadísticamente, una de las causas del mayor número de muertes, por encima de las producidas por cáncer o enfermedades coronarias. Pero frente a este riesgo real, no tenemos los mismos niveles de angustia que si se tratase de un atentado terrorista.

.- En la última década, sólo en España, han sido asesinadas a manos de sus parejas o exparejas, más de 1.000 mujeres. Pero este fenómeno insoportable no se vive con angustia colectiva. Es real, se vive solapadamente en millones de hogares, pero nadie nos la fomenta.

No estamos tan vulnerables cuando las muertes forman parte de la cotidianidad de una sociedad, las integramos, colectivamente, como un peaje de la vida contemporánea.

Pero sí somos mucho más vulnerables al miedo, cuando se trata de atentados terroristas, aunque formen parte del “retablo histórico” de nuestras naciones. Aunque las probabilidades de morirnos en un atentado de la yihad islámica sea inferior a otras muchas probabilidades a lo largo de nuestra vida, el horror, multiplicado una y otra vez, y otra y otra y otra, en las pantallas, puede crearnos un estado de ánimo que nos dañe de forma colateral.

Aunque nos parezca inquietante tener que verbalizarlo, ese horror convivirá con nosotros muchos años, la especie humana ha roto su instinto de conservación, quienes utilizan a los autoinmolados tienen objetivos a largo plazo.

¿Cómo gestionar este miedo, justificado o inducido?

Como debería hacerse ante una situación compleja: Información, reflexión y sin anestesia.

París (menciono éste por ser el último en territorio europeo, porque atentados se producen varios a diario fuera de él) no sólo nos pone de manifiesto que vivimos en sociedades abiertas y por lo tanto vulnerables ante individuos que han roto el instinto de conservación de la especie. También ha producido efectos colaterales en nuestras convicciones, en los principios y normas que rigen nuestras sociedades.

Es normal, muy normal, tener miedo y preocupación. Hay motivos.

¿Pero hasta el punto de perder rasgos de nuestra humanización?

Si damos más valor a la vida de un niño en París que a la de un niño en Palestina… ¿Qué habremos roto, como especie?

Si no diferenciamos entre terrorista y refugiado ¿Qué peaje estamos pagando como especie humana? Detrás de cada persona que huye hay una historia de pérdida y esperanza, que parece invisible.

Precisamos mucha información. A un problema complejo corresponde ahondar en las capas sedimentadas, para contextualizarlo, con un  antes, un ahora y un después. Un qué y un para qué.

Si respondemos a esa complejidad con un sistema binario de buenos/malos ¿Cómo podremos enfrentar nuestros miedos con reflexión?

¿Cómo gestionar nuestros miedos sin caer en las neurosis de angustia?

¿Cómo vivir una vida plena, conscientes de los riesgos pero sin anestesiarnos?

 Tenemos un claro referente intergeneracional a la que hemos de hacer  un reconocimiento público: Irene Villa.

Víctima de un atentado que sembró el horror en Madrid, logró levantarse.

Con muchas manos a su alrededor. Con mucha humanidad a su alrededor. Con menos miedo y menos rencor del que podría capitalizar.

En cambio irradia fuerza, generosidad, valentía, inteligencia y representa lo mejor de los seres humanos.

Vivir es en sí mismo arriesgado.

Vivir es siempre un milagro, dure lo que dure.

En palabras de Violeta Parra, podemos decir: Gracias a la vida, que me ha dado tanto. Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Así yo distingo dicha de quebranto.

Gracias a la vida.

                                                                      T.A.A